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abril 27, 2016

Bendita agua Parte I

Leon cerró la puerta de un golpe, tiró el maletin sobre el sofá y empezó a desnudarse con rabia. Estaba cansado, muy cansado de un vuelo eterno desde la otra punta del mundo. Una ducha, eso era lo que necesitaba y estirarse encima de la cama con el aire acondicionado funcionando a todo gas. Eso enfriaría su cuerpo y su ánimo.
Puso música en su reproductor y acabó de desnudarse en su moderno baño.Abrió el grifo esperando ver caer el agua pero no cayó ni una gota. Abrió y cerró maldiciendo, buscó la llave de paso, abrió el de la cocina... nada, no había agua. Se colocó una toalla sobre sus caderas y llamó a su portera. Ahora que lo pensaba la saludó al entrar y ella sonreía pícaramente.

- Doña Luz, le dijo a través del teléfono interior, Soy Leon, si el del Ático. Si, si, acabamos de saludarnos... Doña Luz, perdone pero ¿ qué ha pasado con el agua? Ah, no, no me he dado cuenta de que había unos obreros trabajando en la calle... no, tampoco he reparado en el cartel del ascensor... Si, ya sé que no es cosa suya pero... Ah, ya , que ahora le toca a mi lado de edificio porque el otro ya está reparado. Si, bien pero...

Sin terminar de hablar se cortó la comunicación. Doña Luz estaba ocupada, le dijo, ya le avisaría le dijo. Renunció a la ducha y se estiró igualmente en la cama. Apagaría el móvil y cerraría los ojos un rato. Con suerte cuando los abriera podría darse esa merecida ducha. El teléfono se cayó al suelo antes de llegar a la mesita de noche. Alargó el brazo buscando sin querer levantarse y tocó algo de tela bajo la cama.
Sacó el trozo de tela y se quedó estupefacto. Eran unas braguitas de seda negra, un culotte más bien y no eran de talla pequeña. La dueña de aquella prenda debía tener unas buenas caderas, pensó. Pero,¿ Cómo demonios habían llegado allí? Tenía la cabeza un poco aturdida por el viaje pero recordaba perfectamente no haber llevado a ninguna mujer a su apartamento, ni tampoco había dejado la llave a su mejor amigo.
Empezó a fantasear con la dueña de la prenda y su cuerpo reaccionó. Notaba que su pene se endurecía por debajo de la toalla y maldijo bajito su soledad voluntaria.

Volvió a llamar por el teléfono interior más como método para bajar su libido que por necesidad. Hablar con Doña Luz siempre le recordaba a su abuela y a falta de agua era una solución para borrar la necesidad que su cuerpo demandaba.

- Doña Luz, si, soy yo otra vez. Verá no sé cómo decirle ésto pero he encontrado una prenda femenina en mi casa y no sé a quién pertenece. Si, se que es raro pero me preguntaba si usted sabría... ¿ Cómo? ¿ Que hizo qué?

Doña Luz empezó a relatarle de forma surrealista lo que había pasado durante la semana en el edificio y en su propio apartamento. Que si la chica del tercero B , pobrecita, que si hacía mucho calor, que no le funcionaba tampoco el aire acondicionado, que si él no estaba en casa y le dejó entrar a ducharse, que si ella le había dicho que en compensación él podría hacer lo mismo... Parloteaba de forma incesante sin darle tiempo a protestar siquiera por el atrevimiento de dejar pasar a alguien a su casa y a su intimidad.

No sabía si estaba más enfadado que curioso y decidió cobrar el favor. Se puso unos vaqueros y una camiseta y bajó a buscar las llaves de su misteriosa vecina. Doña Luz se las dió sin demasiadas explicaciones. Estaba enzarzada en una conversación con los obreros y seguro que le pareció que era más interesante que darle indicaciones de cómo o cuando usar el baño de Marcia. Ese era su nombre y el único detalle que le contó.

Hizo un pequeño neceser con sus productos de baño, su ropa limpia y las braguitas -se las dejaría sobre la cama con una nota de agradecimiento- y bajó los dos pisos que les separaban. El apartamento olía a incienso y era muy femenino. Flores de lavanda en un jarrón en la entrada, paredes blancas, suelo oscuro de parquet brillante, muebles cómodos y ligeros, y un buen montón de cojines de colores por el salón, la habitación... Se sentía un poco incómodo por violar la intimidad de una desconocida pero al mismo tiempo sintió que era bienvenido. Se dirigió al baño, no tan moderno y frio como el suyo, y abrió la ducha. El sonido del agua lo relajó de inmediato, se desnudó y se puso bajo el chorro templado.


Marcia subía la calle con un calor sofocante. Por culpa de las obras el taxi no pudo dejarla en la puerta de su casa y tenía que subir la empinada cuesta con su mochila. Su regreso se había adelantado. No veía el momento de dejar su carga y llenarse la bañera. Un buen baño, eso necesitaba.
Saludó a Doña Luz que seguía tan enfrascada en los obreros que ni siquiera reparó en ella.
Metió la llave en su cerradura y le sorprendió que la llave no estuviera echada. Ella siempre era muy cuidadosa con eso, habían intentado robar un par de veces en el edificio y siempre cerraba, estuviera ella dentro o no.

Lo primero que vio fueron unos vaqueros y una camiseta sobre el sofá. Luego oyó el sonido de la ducha y un canturreo masculino. Se quedó paralizada, no sabía qué estaba pasando. Agarró un bastón viejo de los que tenía en un jarrón en el recibidor y se dirigió al baño ...

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